Nº 3192

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Domingo 28 de Mayo de 2017, Día nacional de la nutrición


ISSN 1982-1601


No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.
(Voltaire)

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La libertad de la ciudad

Antonio Moya Somolinos

Martes 26 de Mayo de 2015





“…si yo pudiera unirme a un vuelo de palomas,
y atravesando lomas,
dejar mi pueblo atrás,
juro por lo que fui que me iría de aquí,
pero los muertos están en cautiverio,
y no nos dejan salir del cementerio”.
 
Desde los tiempos de Serrat -que son los míos- ha llovido bastante, pero algo de aquella época sigue vivo.
 
De un tiempo a esta parte hay geógrafos de salón que a los pueblos con población en torno a los treinta mil habitantes les llaman eufemísticamente “ciudades medias”. ¡Qué equivocados están! Una ciudad, a duras penas lo es a partir de los cien mil habitantes. De ahí para abajo, todo son pueblos. Más o menos gordos, pero pueblos.
 
Quizá en un pueblo de unos veinte mil habitantes no se conozcan los vecinos unos a otros entre sí, pero cuando hay duda sobre algún habitante de ese pueblo, quien la tiene pregunta inmediatamente por la filiación: "Sí, este chico es el hijo de fulano y de menganita; sí, los que tenían hace años tal negocio y que tenían tal mote".
 
Así, de esa manera, quizá el que ha preguntado no sepa quién es el sujeto, pero ya lo ha encuadrado y filiado. Ese chico ya lleva a cuestas el pasado de sus padres o abuelos.
 
No digamos si, además de ese pasado familiar, empieza a acumular mala fama propia. Digo “mala” fama porque la buena, aunque la gane a pulso, es difícil que la acumule, porque en los pueblos -al menos en los pueblos españoles- suele ser bastante difícil sobrevivir a la envidia, ya que muy pocos están dispuestos a alegrarse con los éxitos de los convecinos, salvo que triunfen fuera, en cuyo caso esos triunfos se tienden a capitalizar a favor del propio pueblo, que en muchos casos no ha tenido nada que ver en ellos.
 
Ese ambiente “pequeño”, del terruño, puede llegar a ser asfixiante para más de uno, ya que vivir en un pueblo es todo un arte de equilibrio, porque un pueblo es mucho más que un conjunto urbano; un pueblo es una comunidad en la que todos están a la vista de todos, en la que la intimidad no es fácil, pues se le plantea a cada vecino el difícil reto de preservar su privanza y a la vez llevar con naturalidad el hecho de estar permanentemente en un escaparate a la vista de todos.
 
La cosa se complica para aquellos que tienen la desgracia de tener algo que ocultar, ya sea por adicción a las drogas o al alcohol o cuestiones sexuales. En estos casos el tamaño del pueblo se hace exageradamente pequeño:
 
“…si yo pudiera unirme a un vuelo de palomas,
y atravesando lomas,
dejar mi pueblo atrás,…”
 
Siempre se ha dicho que el aire de la ciudad hace libre. Quizá esta afirmación tenga que ver con cuanto vengo diciendo. Quien ha querido transgredir, siempre ha optado por irse al pueblo de al lado o, mejor todavía, varios pueblos más allá. En un pueblo todo el mundo se entera de todo y todo el mundo lo comenta todo. Sin embargo, en la ciudad, uno se pierde entre la multitud; nadie lo conoce, nadie lo saluda, nadie le pregunta de donde viene o a donde va.
 
Quizá lo más gratificante para quien vive en un pueblo es ir una tarde a la capital de provincia para comprar y pasear, no solo porque los precios de la capital son más baratos que los del pueblo, sino porque de esa manera se sale de ese escaparate permanente y se disfruta del placer de ser un ciudadano anónimo, desvinculado, aunque sea temporalmente, de la estrecha comunidad que lo controla.
 
Los frescos aires de la gran ciudad son algo que han percibido muy bien todos esos políticos socialistas corruptos de la Jungla de Andalucía que desde hace tiempo vienen pasando por el estrado de la jueza Alaya. Muchos de ellos—la mayoría—empezaron siendo políticos locales, pero en seguida se dieron cuenta de que lo que les gustaba era “atravesar lomas y dejar su pueblo atrás”, para lo cual se “unieron a un vuelo de palomas” en forma de partido político que les llevó a la ciudad, en algunos casos Córdoba, pero preferentemente Sevilla, que es más grande y en ella es más fácil perderse. Una vez instalados en la capital hispalense, nadie se va a enterar de las mariscadas a cuenta del erario público, o de alguna que otra orgía, o si se van de putas o se dejan de ir, o si le ponen cuernos a la parienta o al pariente. La ciudad es muy grande y todo se diluye en ella.
 
El aire de la ciudad hace libre…Claro que, hay quien no sabe administrar bien tal libertad. Hay quien en la ciudad simplemente se esconde. También es verdad que no todo el que quiere huir de su pueblo lo hace por motivos inconfesables o moralmente censurables, sino simplemente porque quiere respirar. Pero ya sea por uno u otro caso, es innegable que el sistema político español actual brinda unas posibilidades de escape que en tiempos de Serrat no se daban. Por eso, desde aquí y ahora lo digo: No hay que creerse a esos políticos locales a quienes se les llena la boca diciendo que su compromiso es con su pueblo, por quien están dispuestos a morir en el salón de plenos. No es verdad. En cuanto puedan se irán a la Diputación o a la Jungla de Andalucía o incluso a Madrid, donde el aire que se respira es de libertad absoluta, sobre todo en el Senado, donde no hay absolutamente nada que hacer salvo tocarse todo el día los cojones y alternar con la alta sociedad, amén de cobrar un sueldo de ídem.
 
Me he jugado un café con un amigo -nuestras economías no dan para más- a que el Moreno, quiero decir, el del PP ese que se presentó a las elecciones andaluzas, se vuelve a Madrid antes de enero o febrero del año que viene, de la misma manera que hace cuatro años a Javier Arenas se le llenaba la boca diciendo que su compromiso era con Andalucía y al poco tiempo se largó a Madrid donde su amigo Rajoy le tenía preparado un sillón en Génova 13. La vida política española está plagada de afluentes que han llegado al río. Hay otros afluentes que tuvieron la mala suerte de que se les cruzaran unas elecciones locales que hicieron que no llegaran a ningún río. Así es la vida; hay veces que no pasa un vuelo de palomas o sí pasa pero es de esas palomas de Alberti, un poco tontas, que se equivocaban, y en vez de ir al norte, fueron al sur. En fin, veleidades de la vida.
 
De todas formas, y en defensa de esos políticos locales que ya tienen hechas las maletas para Córdoba, Sevilla o Madrid, hay que reconocer que la política local es poco gratificante porque las reivindicaciones de los vecinos son un coñazo. Son apasionantes—y verdaderamente importantes—para los vecinos, pero no para los políticos ¿A quién le apasiona un problema de alcantarillado de un vecino? ¿Qué glamour existe en la reivindicación de un vecino que, por ejemplo, quiere que le bajen el bordillo 10 centímetros o que quiere que le pinten la línea amarilla frente a su puerta? ¿Reviste algún interés placentero tener que debatir sobre si procede o no autorizar un puesto de venta de pipas en una plaza pública? Todas estas cosas se pueden llevar con seriedad desde la función pública durante las siete horas y media de trabajo de la jornada laboral, pero no por pasión, ya que objetivamente no generan la más mínima ilusión. Sin embargo, como para el propio interesado son cuestiones importantes y es políticamente incorrecto decirle que las plantee por escrito o en horario laboral, el político local viene abocado a estar de servicio las veinticuatro horas y en cualquier lugar del pueblo donde le aborde un vecino, llegando a verse libre solo cuando va al váter a hacer sus necesidades.
 
Ser político local cansa, quema más de lo que parece.
 
“…si yo pudiera unirme a un vuelo de palomas,
y atravesando lomas,
dejar mi pueblo atrás,
juro por lo que fui que me iría de aquí
pero los muertos están en cautiverio,
y no nos dejan salir del cementerio”.
 
Son los vecinos los muertos protagonistas de ese cautiverio; a veces el pueblo es un verdadero cementerio. La vida en un pueblo dicen que es más humana. Me parece que quien sostenga esa afirmación no conoce en profundidad lo que es la vida en un pueblo. El problema para algunos es que esa vida es “demasiado” humana. Hay quien se adapta a esa vida. Pero hay quien tiene hechas las maletas, aunque no nos las enseñe. Todo depende de que vea un vuelo de palomas en el horizonte…

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